SITIO de MARIA ELENA SOFIA

La grieta

Una tortuga en el Apocalipsis                                                            
 

Creo ver el mundo a través de una grieta. Pero es sólo una creencia y en mi caso una afirmación temeraria. A través de la grieta veo una tierra de nieblas. Más allá de la niebla el tiempo transcurre como una masa líquida, lenta y mortal, indiferente. Empiezo a sospechar que después de la negrura nada hay, sólo pozos en vértigo hacia el espacio y que debo asumir esta condición, atesorando entre sus límites todas las inquietudes de mi mente.

Ya no hay luces ni reflejos que rompan la monotonía. Las imágenes coloridas se han transformado en murales ruinosos de momentos que fueron sueños. Nadie viene a tocarme, no escucho voces. La mano que traía la comida ha muerto; la encontré en un cráter, pudriéndose sobre unas rocas, crispada, como si el cerebro hubiese querido tomar la piedra para defenderse en el último instante.

Yo continúo mi marcha. Cuando me siento cansado experimento un alivio parecido a la alegría y conservo la esperanza de encontrar un horizonte en la niebla que me rodea. ¿Por qué sigo? ¿Por qué no me detengo? Pero otra vez la nada  se agita como un presagio de horror y la pregunta queda sin respuesta,  el ápice de lucidez resigna su débil lumbre a la tempestad.

En el jardín se ha materializado mi desolación interior. Si logro abrir un ojo una luz rojiza y poderosa me enceguece. No distingo días y noches. Perdí el olfato. Por persistir en caminar creo que mantengo algunos instintos táctiles, no intuyo otra razón menos banal que me aligere la pesadumbre. Porque al principio intentar dar un paso o reptar fue una idea muy difícil, una decisión que cayó sobre mi letargo como una noticia funesta, premonitoria. Quizás actué contra mi propia naturaleza, obligado por las circunstancias: toda la tierra se recalentó de pronto sin causa razonable. Primero fue una especie de comezón en las patas, luego un estremecimiento completo. Tuve que moverme. Después el calor pareció condensarse en la atmósfera y todo ardió. No sé si fue una plaga o un detonante bacteriológico o nuclear, ignoro los alcances de la devastación. Con los instintos disminuidos cualquier conjetura puede sonar ridícula, insostenible. Por ejemplo, soy capaz de asegurar que faltaba mucho para la primavera, meses de poda y frío y nevadas, arduo trabajo para Don Felipe, el abuelo de la casa, que corría a poner las azaleas bajo techo y sacarle gajos a las rosas. Aún no empezaban los preparativos para la fiesta de cumpleaños de Ezequiel, mi amo. Yo empezaba a volver de la somnolencia en esos días. Pero ahora la noción del tiempo no existe, sólo mis pasos dolorosos marcan un ritmo de continuidad, de privativo deseo vital.

La negrura y el silencio y la casi constante ceguera son mi compañía y mi reposo. En los momentos de mayor horror, cuando me invade la idea de la nada, agradezco los buenos recuerdos de horas brillantes y olorosos jazmines impregnando el aire de suaves armonías, cuando me abate el pánico viene a curarme la imagen de unos niños que cruzan volando como mariposas blancas, y el sonido del barrilete hincándose en el rosal.

En verdad he sido testigo de ternuras y fuerzas incontenibles, he visto la plenitud. Este jardín transformó a Don Felipe en un inspirado: cuando la soledad le atrofiaba hasta los huesos él se reunía con sus flores y les murmuraba:                                  

“... En este capullo de rosa que miro

se esconde un tesoro.

¡Oh, valientes, tus pétalos lo abrazan

 a pesar de los verdes soldados

y las duras espinas que escalan el tallo! “ 

He visto el amor. Junto a la fuente de los angelitos los esposos de esta casa renovaban cada año sus votos de fidelidad. Trémulos y emocionados se tomaban de las manos y luego arrojaban una moneda al agua cristalina. El sonido parecía un beso. Los angelitos de piedra y yo custodiábamos sus deseos. Pero ahora los capullos sublimes han sido destruidos, los versos son pensamientos que me aterran y el amor es la idea de la muerte que me persigue.

Yo no lo sabía, pero un día cualquiera todo se acaba. Muchos de mi especie pueden observar el transcurso de centurias sin inmutarse ni preguntarse nada de esto, pero creo que es por ignorancia, por soberbia, o simplemente por la imposibilidad de cambiar las cosas. Interpretaron los rumores como propaganda política, las advertencias de los científicos como estrategias de mercado y las manifestaciones populares como una amenaza social. Los que profetizaban el fin vivían en el descrédito mientras nosotros acumulábamos basura y escepticismo. Las noticias del mundo pasaban delante de nuestros bostezos. Llevábamos una vida sencilla y los conflictos sucedían remotamente. Una mañana los pájaros callaron y el viento se detuvo en los árboles. En la casa el péndulo del reloj desafió por un momento el peso de la gravedad. En los campos la savia interrumpió su marcha elegíaca y los animales buscaron en estampida los cobertizos. La gente del pueblo no salió a la calle para cerciorarse: en un instante comprendieron lo que había ocurrido. Enseguida comenzó el calentamiento, los líquidos se vaporizaron y todas las cosas brillaron rodeadas de aureolas húmedas, el humo de la fritura se confundió en  el aire con otros diversos elementos y un grito aterrador se multiplicó por doquier, transformándose en una exclamación agónica general, planetaria. En este punto comienzan mis dudas, los interrogantes que me acompañan, pues en medio de ese caos, cuando hasta los pensamientos parecían chorrear derramándose por abismos oscuros  y selvas frondosas y calientes, de pronto se abrió la puerta de la casa y un hombre se arrojó al jardín. Temerario y valeroso no consideró que a la intemperie moriría con mayor rapidez. Ese hombre me buscó, me llamó, excavó con sus propias uñas allí donde debería encontrarme, pero yo no estaba en mi refugio habitual. No recuerdo exactamente dónde atiné a huir, dominado por la sensación de estar muriendo. Creo que entonces ya había iniciado mi peregrinaje, con la caparazón rasgada hacia el dolor y las sombras.

Era el padre del amo Ezequiel. Reconocí su mano y luego tropecé con su zapato, aunque ambos episodios bien pudieron ser alucinaciones, pues ya he dicho que todo ardió, se evaporó... Sin embargo he dormido bajo su escritorio. Allí escondí sueños inauditos: los ojos de un niño mirándome de cerca, explorando con su nuevo juguete, dos ojos como soles extraños. Tumbos, risas... Marché junto a una fila interminable de ladrillos rojos, me asaltaron imágenes de vegetales frescos y dulces, el hocico enorme de un perro, su baba sobre mi cabeza, sus dientes como cuchillos de luz... Ahora, cada tanto encuentro un diente, pero son mis momentos de pánico. Ya nada puede sostener una visión clarificadora de los hechos, el proceso de deterioro se acelera y ninguna idea extravagante subsiste, como no logra sobrevivir el más resistente organismo ni la más compleja formación de materia. Súbitamente los fantasmas proliferan, me saludan con sus manos putrefactas. Entonces la memoria recrudece y me rescata, y agradezco a ese hombre por haberme buscado creyendo que me salvaría. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué aún estoy vivo? Es probable que hayan pergeñado la forma de mantenerme con vida en un estado de transición, metamórfico, para que yo almacene datos de la catástrofe y advierta a las generaciones venideras. Pero si así fuese han equivocado el sujeto, no cuento gran experiencia y estoy muy perturbado. ¿Cómo podría servir de referente, transformarme en guía, con la gran confusión que me arrebata? Además, ¿quiénes son ellos, dónde están ahora y cuándo vendrán? Necesito saber cuándo.

Me siento exhausto. Se ha consumado en mi la exaltación del dolor. Ya sin aliento, desvariando entre espejismos que no alcanzan a inquietar la levedad milagrosa que me sostiene, hago un alto y asumo la pérdida de una pata trasera. Se desprendió sola, como un higo maduro, apenas una puntada en el costurón infame que me tortura.                                                                                                                                                      

Recuerdo la mano en el cráter: si no fue mi alucinación mi pata quedará a una cierta distancia de ella, estableciendo vínculos, relaciones, justificativos... Un milagro, dirán los que nos encuentren. Se me ocurre clasificar estos indicios, enumerarlos para una incierta posteridad, una excusa inválida y absurda que me permitirá resistir. Y reanudo la marcha, traspasado, en carne viva, un paso tras otro, enumerando por elemento mis hallazgos felices. Practico un paso, agua, líquidos; vínculos: lluvia suave, otro paso quebrado, la sopa de Ezequiel, paso, ducha perfumada, esfuerzo supremo, los mocos de Ezequiel, dolor, lágrimas de Ezequiel, pis... Es curioso, de este modo la lista se extiende fácilmente. Elemento, paso, madera; vínculos: cama, mesa, otro paso, la guitarra de la señora, paso, la empuñadura del serrucho de Don Felipe, conmoción, olores; vínculos: jazmines en diciembre, el tabaco del señor, pasos torpes, sabores, los aderezos de las comidas, me arrastro, albahaca, pimiento, no puedo más...

Ahora llueve, después de todo. Buena intentona, pero sigo aquí. Presiento que nunca saldré del jardín y aunque lo hiciese temo lo que hallaría afuera, en los bordes de la nada. He considerado también que quizás imagino estar vivo, pongamos por caso que el espíritu se haya atribuido el poder de imaginar, pero la noción de la nada que me atormenta es incompatible con el espíritu, por lo tanto no puedo negar mi propia presencia, esta terquedad de continuar con la implacable obstinación de los delirios.

Yo estoy aquí y espero. Espero marchando, buscando. Sonará infantil, ingenuo, mi clamor por viejas voces y armonías, ecos de villancicos, carruseles rotos. Buscar un sentido. Todo el tiempo he pensado que la vida pasaba lejos mientras me convertía en el último bastión, la muestra del engaño. Nos acribillaron, nos cocinaron... ¿Por qué aún no muero? ¿Cuándo será mañana? Si el pasado ya no existe –sólo en mi mente-, ¿qué será del futuro?

Es ilusorio, pero creo ver algo a través de un resquicio, como haces de blancura angelical atravesando la bruma. ¿Mi grieta se ensancha? Desconozco si ocurre en el presente, en qué tiempo del magma inconmensurable sigo mi camino desencajado hacia el final.

“...En este capullo que sostengo

un ángel herido de muerte guardó sus secretos:

el silbo del jardinero, el brebaje de los amantes,

tres deseos, este instante... “ 

La lluvia es salada y no produce sobre el mundo los efectos de otras lluvias. Yo espero. Ya inmóvil, encerrado en mi propia cápsula existencial, soy una semilla. Es inminente el chispazo que rasgará el telón negro que me circunda.

 

FIN