SITIO de MARIA ELENA SOFIA

EL LIBRO DEL DESTINO. CAPÍTULO DOS

 
Capitulo II
 
Un espejo de agua y un sueño premonitorio
 
 
 
 
 
Cuando hallaron el manantial era medianoche. No había luna, y una niebla lechosa y densa, casi consistente, creaba velos misteriosos que los rodeaban y les impedían avanzar. Paso a paso el monte se transformaba en una maraña peligrosa. Los árboles se cerraban sobre sus cabezas y oscuras e intrincadas enredaderas parecían adquirir vida propia para alcanzarlos y anudarse alrededor de ellos. Gritos y lamentos, como ecos de aullidos y batir de alas poderosas, resonaban unas veces lejos y otras tan cerca que en cualquier instante amenazaba aparecer una criatura horrible, desde las sombras... Lucas trataba de no mirar ni pensar. Seguía al niño, que marchaba con paso resuelto abriéndose camino con seguridad. Esa decisión lo envalentonaba, pero los temores crecían en su corazón, oprimían su cuello y le encadenaban las piernas. Ignoraba dónde se encontraban, adónde iban y qué les ocurriría. El, que había leído en aquel libro extraordinario, paradójicamente no podía saber los hechos subsiguientes, qué sucedería luego de este viaje, luego de este momento, ahora... De a ratos Aidan Bell se volvía y murmuraba “No temas”, como si adivinase los sentimientos que lo conmovían.
 
En el manantial bebieron lentamente hasta sentirse ahítos. Carecían de víveres pero no pensaban en las cuestiones prácticas de supervivencia, la misión era más importante que mantener el estómago lleno y por ahora unos tragos de agua bastarían. Lucas se pasó la mano húmeda por la frente y sintió un gran alivio. Pronto hallarían al doctor Geffroy, le explicaría todo desde el comienzo y su vida retornaría a la normalidad. ¿Normalidad? ¿Qué era la normalidad, una vida normal? Lucas fijó la mirada en el espejo oscuro del agua; “y esta es la parte en que el personaje recuerda convenientemente los hechos que lo llevaron a la presente encrucijada”, pensó. Pero nada de esto tuvo lugar. Por sobre el hombro vio al niño que también se asomaba con su beata expresión. Sintió vergüenza: él era un joven atolondrado, débil y temeroso, mientras su pequeño compañero mantenía la calma y pensaba en una salida. Aidan sonrió.
 
-¿Acaso lees mi mente? –desaprobó Lucas.
 
-No hace falta –contestó el niño-. Mira bien: usaremos este Espejo de la Sabiduría para que puedas recorrer tu “vida normal”, recuperar el concepto que has perdido.
 
-¿Espejo de la Sabiduría?
 
-Sí, existen muchos como él diseminados sobre la tierra, en lugares remotos, mágicos.
 
-¿Para qué sirven? –averiguó Lucas, comprendiendo que no los había guiado hasta allí precisamente la casualidad.
 
-Un espejo es un reflejo del mundo, pero también se puede decir que es un mundo reflejado.
 
-No entiendo.
 
-Comprenderás su utilidad, no te preocupes. Todo lo que debes hacer es sumergirte en él y andar; volver a casa si lo deseas, hacer lo que te plazca, tus acciones no modificarán el mundo real.
 
-¿Una especie de simulador? ¿Así llenaré estos vacíos que experimento?
 
-Eso espero.
 
-¿Vendrás conmigo?
 
-No –dijo Aidan y unió la acción a la palabra, empujándolo con un movimiento recio y breve. Lucas Egmont no alcanzó a inspirar ni a sorprenderse, en cuestión de segundos escuchó el sonido del chapuzón y percibió el cambio de medio. Sin embargo no se trataba de un medio acuático: una luz verdosa iluminaba todo, la vegetación, las piedras, el camino por donde habían venido. No se sentía mojado ni necesitaba contener la respiración. Era un lugar realmente bello y extraño, los sonidos le llegaban como zumbidos cortos y apagados y su propia mirada parecía acercar las cosas cuando deseaba verlas mejor. Procuró dar unos pasos y con asombro descubrió que ganaba grandes distancias con cada movimiento. En principio se aterrorizó, pero luego le resultó hasta divertido. Intentó un rápido paso hacia su derecha y se encontró al borde de un acantilado: había puesto el pie en la costa sur del continente y se asomaba a las aguas frías y tumultuosas del Estrecho de Magallanes. ¿Qué otro lugar podría ser ese, donde el viento contagiaba furia a las olas y el cielo era una continua amenaza? Impresionado, Lucas volvió rápidamente hacia atrás. De una sola zancada llegó al lugar de la caída, con otra atravesó por completo el valle hacia el norte y con una tercera cruzó un gran río. Luego comenzó a correr sorteando montes, sierras y campos sembrados y en pocos minutos se detuvo en medio de una calle situada en las afueras de Ciudad Esmeralda, a cien metros de la autopista de acceso, frente a una casa evidentemente deshabitada, con el aspecto de desolación que provoca el abandono: era su hogar. El corazón de Lucas pareció detenerse y luego arrancar con mayor ímpetu, coloreándole las mejillas. ¡Dios! ¡Allí había comenzado todo! Pero el tiempo, ¿qué hacer con el tiempo? ¿En qué momento llegaba? Por supuesto antes de la catástrofe, porque su casa –hasta donde sabía- en el presente estaba destruida por un incendio. Confiaría en Aidan, ese niño desconocido que de alguna forma ahora lo guiaba, rescatándolo de la muerte. Confiaría, sin dudas.
 
Cuando abrió la puerta de esa casa, sólo un año atrás, lo había recibido el olor a encierro y el aire tibio cargado de humedad. Había salido después del almuerzo, en la camioneta de la compañía, obviando avisar en la mesa familiar que iba a la nueva propiedad, pues no deseaba testigos de su entusiasmo o su desencanto. La inmobiliaria lo había conminado a cerrar el negocio que se presentaba accesible a sus flacas finanzas. En verdad, su salario en la empresa constructora no daba lugar a proyectos demasiado encumbrados, una discusión empañaría su hallazgo. Lucas –y con él su familia- estaba hipotecando trece años de vida. Aunque le pesaba el inconformismo de su esposa Dorina –que hubiese preferido un departamento en un barrio más próximo a sus rutinas de trabajo y la escuela-, estaba decidido a salir de ese caos en que se estaba convirtiendo la ciudad.
 
“Comprar una casa en esas condiciones es una tontería”, diría Dorina. Por el momento era una buena excusa para quejarse. Tenía razón, pensaba Lucas, pero cuando la viese le gustaría tanto como a él esa tarde, a primera vista. Nada le caía bien en esos tiempos, ninguna idea, ningún proyecto. Daba penitencias a la pequeña Liz por cualquier motivo y disentía hasta consigo misma. Lucas sospechaba que algún secreto insondable producía esa inquietud en ella, pero no encontraba la manera de abordar el tema con claridad y hacer girar con delicadeza los goznes de su corazón. Tal vez sólo era miedo. Dejar la ciudad donde había crecido para vivir en un lugar nuevo y por completo diferente, con vecinos distantes y desconocidos, e infinidad de cuestiones acerca del futuro agitaban su espíritu impidiéndole pensar con lucidez. Además la hija de ambos, Liz, que era el sol de sus vidas, cumplía cuatro años y reclamaba tener una mascota y aprender a tocar el piano, instrumento para el que no había espacio físico en el departamento. Cuánta preocupación ahorraría si Dorina hablase con franqueza, si se abriese a él y se tomasen el tiempo de mirarse a los ojos como antes. Ellas eran el motor de sus impulsos, el amor que daba sentido a todo lo que hacía. ¿Por qué lo embargaba ese presentimiento inquietante de haberse subido a una carrera desenfrenada? ¿Por qué ahora les costaba abrazarse, o simplemente tomarse las manos? Dorina era una muchacha hermosa. Aunque de rasgos casi infantiles, su fisonomía mostraba la rectitud de su carácter, su decisión y su genuina bondad. Lucas se consideraba afortunado si Dios le permitía vivir junto a ella muchos años y procurar una familia llena de bendiciones. El también era un joven bello y de buenos sentimientos. Trabajaba en la compañía constructora sin escatimar esfuerzos, con el afán insaciable de perfeccionarse y poner inmediatamente su inventiva y sus logros al servicio de su trabajo. Era capaz de contagiar ese entusiasmo en sus pares y conseguir que los demás descubriesen cada uno lo mejor de sí. A pesar de su juventud era un líder natural depositario de confianza y respeto.
 
El sueño de la casa había nacido el día en que Dorina y Lucas se conocieron y se enamoraron, cuando aún eran casi niños. Después lo alimentaron en cada interminable caminata por los parques: decidieron un estilo campestre, hicieron aberturas de cedro, sumaron una habitación y una galería en el patio trasero; al fondo, cruzando el parque de grandes proporciones –en el que no faltaría la piscina-, y levantaron el garaje para un automóvil también soñado. Pero el tiempo transcurrió, el peso de las obligaciones fue empujando el proyecto hacia el final en la lista de prioridades. Pero como evidentemente los sueños no valen por sí mismos sino por el coraje de arrojarse a cumplirlos, una mañana Lucas decidió reflotarlo, al descubrir en el periódico el aviso de venta de una casa, y a pesar de las dudas y temores de Dorina –que se traducirían en apatía y falta de colaboración- empuñó el teléfono y resueltamente inició las tramitaciones necesarias.
 
Aquella tarde llegó a la nueva propiedad con su caja de herramientas, y apenas la apoyó en el piso del living ya consideraba que comenzaría revisando la instalación eléctrica y las redes de agua y gas antes de pensar en el color que iría en las paredes. Suspiró calculando que los arreglos le costarían un dinero extra sumado al valor de la escritura, y sobre todo las tareas le ocuparían los días libres de noviembre, que se insinuaba radiante abrumado de olores y brisas veraniegas. Pero cuando viniese Dorina y comprobase que aquel era el lugar de sus sueños, y Liz se perdiese correteando por el jardín aún ganado por la maleza, la felicidad multiplicaría sus fuerzas y el agotamiento se aliviaría. Decidido buscó el tablero eléctrico y empezó a trabajar. La esperanza le daba el aliento que pedía, pues era entusiasta, incapaz de abandonar un trabajo inconcluso. No se detuvo hasta que las sombras de la noche penetraron en la casa, impidiéndole continuar. Reunió las herramientas y cerró las ventanas que habían permanecido abiertas como brazos hacia la luz. Entonces la visión de esa casa extraña y vacía lo conmovió, lo embargó la idea de que aún estaban en las habitaciones los ecos de las voces y el trajinar familiar. En las paredes las marcas de muebles y cuadros quitados y los estantes vacíos de la cocina le inspiraron una sensación de melancolía inexplicable. Se hallaba exhausto y aún debía conducir durante una hora. Sería bueno y hasta prudente descansar antes de emprender el regreso. Dorina ya se acostumbraba a sus tardanzas, no se preocuparía. Cerró la caja de herramientas, echó su abrigo sobre un sofá desvencijado que encontró en un cuarto y apoyó la espalda suavemente en él para reposar unos minutos. Se quedó dormido y soñó con el Libro del Destino. Fue un sueño breve pero fulgurante como un rayo, tan claro y preciso que despertó con la sensación de haber comprendido todo, hasta el sentido de la existencia.
 
El libro era algo especial. Acababa de caerse de las alforjas de un camello que pertenecía a una antigua caravana y con sus delicados nervios de oro del fino lomo había golpeado en la arena suavemente, con un sonido apagado. Sin embargo el golpe alcanzó para romper la faja platinada que lo mantenía hermético, al resguardo de un mundo profano. Sus tapas eran de color azul marino con lomera de terciopelo y una letra D sobreimpresa justo en el centro. La sencillez de su diseño contrastaba con el valor de los materiales que lo componían, quizás este detalle lo hacía un ejemplar único en el universo. El impacto de la caída –u otra misteriosa causa- hizo que se abriese mostrando un par de páginas inmaculadas en las que se veían anotaciones perfectamente legibles. El audaz soñador se apresuró a leer. ¡Oh, Dios, fue sólo una mirada ingenua, un impulso movido por esa curiosidad innata que era su marca! ¿Qué castigo le depararía echar un vistazo? Una suave brisa se levantó, volviendo la página, y Lucas no pudo reprimir la tentación de seguir leyendo, pues notó que el libro se refería a su propia vida, a la restauración de la nueva casa, el piano que tendría Liz, el ascenso que lograría en la empresa. Hasta llegó a escuchar una canción de cuna que siempre tarareaba Dorina para Liz, y ahora Liz intentaba tocarla en el piano una y otra vez, mientras se acercaban como traídas por el viento las risas y gritos de sus compañeros de trabajo. Todo eso era bueno y se sintió a sus anchas. Pero de pronto el sueño se veló, las hojas tomaron un color meloso y luego se oscurecieron desde los márgenes, torciéndose sobre sí mismas como viejos pergaminos. ¡Se estaba incendiando! Lucas se desesperó y trató de leer más rápido, pero todo era confuso. Se esforzó por quitar la mirada de ese libro extraordinario, pero no pudo. Allí estaba escrita su vida, y al final... ¡Oh, un enorme camión precipitándose sobre su camioneta! La imagen lo echó hacia atrás como un recio golpe. Mientras tanto la brisa se transformaba en huracán furioso, cubriéndolo todo de arena, cortando la respiración. El camello huyó y Lucas supuso que también los demás, pues el ruido de la muchedumbre huyendo a campo traviesa era ensordecedor. El libro quedó sepultado allí, incendiándose, pero alguien se destacó de la confusión y se lanzó sobre él, ¡un niño alado! y desplegó dos alas maravillosas que arrojaban reflejos azulinos y olían a perfumes silvestres. Lucas ya no podía leer y se esforzaba, esas alas parecían aprisionarlo, y la presión lo despertó. ¡Aidan! ¡Ahora lo reconocía! Aidan lo había rescatado de aquel sueño maravilloso y terrible. Muy oportuno. Le impidió que siguiera leyendo, el daño hubiese sido mayor. Ese niño sí que sabía estar atento. Pero, ¿por qué no lo recordó cuando volvió a verlo? Lucas sintió que la magia se desvanecía a su alrededor y las penumbras extrañas se fundían con la oscuridad plena de la noche. Aún existían enormes baches en su memoria, le urgía buscar respuestas que le permitieran arreglar las cosas. Luego de leer en ese libro prohibido, según Aidan, no bastaba con pedir disculpas y marcharse muy orondo. Había que subsanar el daño, pero ¿cómo? ¿Por medio de algún hechizo? Era un recurso muy usado y además ¿qué sabía Aidan de eso? Parecía un ángel. ¿De dónde venía ese niño? Los interrogantes se multiplicaban, encadenándolo en cuerpo y alma, pero Lucas no se amedrentó, inventaría alguna forma de moverse en ese mundo conocido y amado, aunque ahora se presentara peligroso y ajeno.
 
En primer lugar se imponía una visita al laboratorio de la Quinta Esquina, donde un apócrifo doctor Geffroy se había burlado de él. “Ah, diría Aidan, ¿por qué la inmediata venganza? ¡Por qué no usar el tiempo para reconstruir?”. Lucas sonrió, el niño tenía sus recursos. No lo acompañaba físicamente pero su espíritu podía alcanzarlo hasta allí, y aunque no quisiera reconocerlo completamente la confianza entre los dos iba acentuándose. Sin dejar de sonreír se movió un poco, pues había permanecido totalmente inmóvil, como viendo la película de lo sucedido. Le resultó normal: sus pasos ahora medían casi un metro, sus saltos eran cortos como habitualmente y se agitaba como cualquiera lo haría. Con el ánimo mejorado y las ganas multiplicándose en su interior sintió que volvía a ser el Lucas Egmont entusiasta y perseverante. Se arrojó sobre la hierba para pensar mejor, acostumbraba hacer eso cuando buscaba soluciones para sus propios problemas o alguna cuestión laboral. Simplemente dejaba ir y venir sus pensamientos con libertad, hasta que hallaba una salida. Nunca había reconocido ni valorado la real importancia de poseer este don hasta que Aidan le advirtiera que ello había despertado los celos de Oniro, el Cancerbero del Señor de los Sueños. ¡Oniro, él y sus secuaces eran sus verdaderos enemigos! ¡Sorprendería a esos malditos y les daría una lección! Después buscaría a Dorina y a Liz para asegurarles que pronto volverían a reunirse. Y luego recurriría al doctor Geffroy, el legítimo, de cuya búsqueda se encargaba el niño, y ¡santo remedio! Lucas era un joven valeroso, pero decirlo así sonaba fácil, no lo sería hacerlo. Se encontraba perdido y a la vez luchando, tirado sobre la hierba fresca, mirando las estrellas que parecían titilar sólo para él, reconfortándolo. De pronto escuchó un retumbo lejano que no alcanzó a distinguir. Prestó oído. Se acercaba. Miró alrededor pero sólo en la carretera había luz, el resto era la noche total. Su corazón se aceleró hasta el punto de equipararse con el sonido. ¡Un galope! Y enseguida la sombra le pasó por encima y se detuvo a unos metros, resoplando. Lucas no atinó a levantarse, percibiendo aún la conmoción de la tierra y los cascos brincando a los costados de su cuerpo. Una dentadura perfecta brilló en la oscuridad y la carcajada llenó el descampado.
 
-¡Pero si es usted, don Lucas! ¡Casi lo aplasto! ¿No es un demonio este caballo?
 
-¿Rahué? –balbució Lucas, como si presenciara una aparición. Un río de alivio corrió por sus venas. Rahué era su vecino, uno de los primeros en asentarse allí, lejos del ruido y la persistencia del hollín. Vivía austeramente en una casa modesta. Reciclaba papel y metales. Todo lo que necesitaba para subsistir lo hallaba en la basura. Recorría la ciudad en un carro tirado por un caballo huesudo y lento, juntando objetos de cierta utilidad que luego vendía. Esta noche caballo y jinete parecían exaltados, pero el cambio no preocupó a Lucas, lo entusiasmó. De un salto se puso enfrente y tomando las riendas por debajo del hocico gritó:
 
-¡Si supieras cuánto aprecio tu llegada, Rahué! Llévame a la Quinta Esquina.
 
-¿En la calle Europa? –contestó preguntando el hombre, extendiéndole un brazo-. ¡Arriba nomás!
 
Lucas no cabalgaba desde que era niño. Un hueso mal soldado en su pierna le recordaba aquellas aventuras buscadoras de emociones. Por alguna razón consideraba que repetir la experiencia una vez adulto resultaría diferente. Comprobó que, en verdad, las complicaciones saben crecer con uno cuando las cree olvidadas. Mientras tanto, en las orillas del espejo, Aidan Bell ejercitaba sus alas intuyendo una noche poblada de sobresaltos.
 
   
 

FIN CAP: 2 de 11