SITIO de MARIA ELENA SOFIA

Ansiedad

Cuento breve

El vendrá. Estoy segura, marchando con su paso resuelto, su cuerpo robusto. Desde aquí lo veré, impulsivo y atento, y con esa forma de llevar los hombros, como cargando una desazón.
   Vendrá. Jamás ha faltado a nuestras citas. Lo veré a la distancia porque es inconfundible. Seguramente vestirá de azul, saco y pantalón combinado y esa camisa rosa que gusta usar para halagarme. 
Será puntual. Porque sabe que lo espero siempre en esta fecha y a la misma hora, aunque ya nada sea lo mismo. Escucharé el eco de sus zapatos negros, cuidadosamente lustrados, con ese brillo aristocrático de las teclas de un piano, dando las dos notas melódicas de esa canción tan conocida por ambos.
   Vendrá. Y quiero imaginarlo con sus ojos oscuros e inquietos, como dos pequeños pájaros jugueteando en el fondo y sin embargo iluminados. Con sus párpados ensombrecidos y las suaves ojeras. Con su boca amplia de labios finos, siempre dispuesta a la sonrisa. Y el mentón varonil perfectamente rasurado.
   El vendrá, con su nariz recta y armoniosa, con los pómulos algo marcados y la frente atravesada por alguna preocupación. Con el cabello castaño un poco largo y ondulado moviéndose con juvenil gracia.
   Vendrá. Puntualmente. Con sus músculos tensos bajo la camisa, sus manos grandes y expresivas, acompañando con amplios movimientos la elocuencia de sus palabras. Sus piernas firmes y atléticas, la cintura torneada sosteniendo con el fino cinturón de cuero la caída elegante de la tela. La hebilla cobriza en forma de óvalo asomándose con los movimientos del saco. Vendrá. Hombre amado y perfecto. Con su generosidad infinita, su sabia tolerancia, su singular dulzura, su alegría. Con su imaginación desbordante, a veces soñador y optimista, y de pronto angustiado y triste como un niño, buscando la protección de mis palabras, el consuelo de mis caricias. 
   Quiero recordarlo todo de nuevo, mientras espero: yo era casada y él lo supo enseguida, cuando nuestras miradas ya habían intercambiado el mensaje divino del amor. Y ya habíamos hablado y sonreído, y sus manos habían rozado mi brazo, ya provocada esa percepción indefinible. Tardías sonaron las alarmas, las ignoramos. La soledad, el amor esperado por años y el instinto reprimido en ambos produjeron la chispa generadora de una energía nueva, poderosa, irrefrenable. El resultado fue un amor único, pasional, dulce, poético, inmenso y ciego. Ciego. Amor sin desgastes, sin condiciones, sin reservas. Amor del dar sin exigir. Amor de caminatas interminables bajo la luna, amor de parques abandonados, amor de atardeceres magníficos en el mar.
    Amor ciego, amor prohibido. Yo era casada cuando nos conocimos, debo subrayarlo. Era casada y tenía a las niñas, las mellizas, aún pequeñas. Por eso no tuvimos opción, o tomábamos ese amor socialmente inaceptable manteniéndolo en secreto, o lo negábamos, abandonando el jardín sublime, donde sólo allí creíamos existir. El estaba solo, no necesitaba explicar sus actos, pero deseó imprimir su responsabilidad en mi decisión, para evitarme el desamparo del momento. Y optamos por arriesgarnos, seguir viéndonos y amándonos.
    Pero el absurdo se introdujo. La vida transcurre en planos relativamente razonables y previsibles hasta que se disgrega imprevistamente. Y algo impacta, violenta, destruye. Un contrasentido. Recuerdo los hechos porque son parte de mi goce, aunque me provoquen dolor todavía y porque siento en mi pesar un alivio expiatorio.
    Mi esposo era un hombre ocupado en sus empresas, completamente entregado a su vocación de hacer dinero. Había nacido para eso, según sus propias palabras. La magnífica fortuna acumulada no lo satisfacía, al contrario, lo impulsaba a emprender nuevos desafíos.
    No consideró el riesgo de llegar a esa cima y un día casi muere en un intento de hurto. La entrada providencial de un empleado provocó la confusión que le permitió salvar su vida. A pesar de mis objeciones contrató a dos custodios: uno lo acompañaría a él, el otro se quedaría en la casa observando mis movimientos y a las niñas. Al cabo de pensarlo bien, concluí que era lo más razonable y seguro para todos. A partir de entonces vivimos bajo vigilancia.
   No intentaré justificar la existencia de un amor a espaldas del esposo porque el verdadero amor debe ser claro y franco, aunque en la apariencia que tome en la realidad se torne complejo, borroso y hasta vulgar. Cómo explicar hasta dónde me ceñían las circunstancias. Sin pretender un descargo debo referir la personalidad de mi esposo y su afán por la conquista de un mercado. Balances, estadísticas, reuniones, campañas publicitarias, viajes en el yate con sus colegas e invitados, tenis con sus socios, todo ese tiempo valioso compartido con otros, quienes no eran más que la representación de sus intereses. Nos veíamos unos minutos durante el día y sus viajes duraban semanas. Y yo lo aceptaba, no obstante esperaba un cambio, en él, jamás en mí.
    El amor es algo que impacta, dije. Dando con todas sus consecuencias sobre nuestro cuerpo y nuestro espíritu. A pesar de la presencia de las niñas, que ocupaban gran parte de mi vida, yo creí que mis ilusiones primeras se postergarían indefinidamente. Y de pronto conocí la fuerza ignorada de un poema, la maravilla de un simple paseo bajo los árboles, la libertad de una playa deshabitada, la magia de un baile a media luz.
    Las cosas sencillas, las que procuran la verdadera felicidad, no cuestan demasiado, una flor, una conversación amena, el amor, sí, un arranque apasionado como el que nos arrebató. Pero no deseo imponer el contraste ahora para justificarme. Sólo quiero contarlo todo.
    Analizada la nueva coyuntura, Daniel y yo decidimos continuar arriesgándonos. Tomar precauciones, planificar salidas diversas, no despertar conjeturas ni sospechas en los vigilantes. Alguna vez logramos encontrarnos en casa de su madre, pero a las claras ella desaprobaba nuestra relación, enterada del peligro en ciernes y evidentemente celosa de su hijo único enamorado hasta la coronilla.
    En esa época que vivimos bajo custodia la pasión se multiplicó. El peligro que nos acechaba, la inminencia del fin, parecía alimentar el erotismo. Comenzó a transcurrir el tiempo y nos acostumbramos a este modo. Las niñas crecían y nuestro amor se consolidaba. Poco a poco fuimos olvidando que estábamos vigilados, o dejó de importarnos.Tal vez ese fue nuestro error, pienso ahora. Los custodios debieron referirle a mi esposo todo detalle de mis salidas, quizás también un interrogatorio al resto de la servidumbre lo habrá puesto al día de mis movimientos. Y él esperó, con la misma calma con que analizaba el desenvolvimiento bursátil de sus acciones y la frialdad con que podía manejar exitosamente una empresa. Calló y esperó.
    Un atardecer similar a este Daniel y yo salíamos de un hotel, tomados por la cintura. No es necesario aclarar que volvíamos del paraíso. Porque vivíamos lo que soñábamos y sabíamos encontrarnos en ese sueño de cuerpos entrelazados y palabras sin sentido murmuradas bajo el hechizo. Los amantes vivimos creídos en la impunidad del deseo, esa es nuestra perdición.
    Caminábamos rumbo al estacionamiento y de pronto él habló, bajo.
   -Tu marido está allí enfrente, en el automóvil –y enseguida su voz se alteró-...Hay una mujer con él, ¡es mi madre!
   La confusión nos embargó, es verdad. Pero atinamos a tomarnos de la mano y seguir caminando hacia ellos.
   -Vamos –contesté-, llegó el momento.
   Estábamos unidos en ese instante por algo más que un simple amor, si es posible decir esto. Y debo alegar que no sentí vergüenza.
   Mi esposo estaba sentado en su impresionante automóvil, sin custodia alguna. La madre de Daniel ocupaba el otro asiento delantero. Antes que cruzáramos la calle bajó y rodeó el auto, acercándose. Ignorábamos a qué se debía su presencia en esa escena. Que apareciese mi esposo era previsible hasta cierto punto, algún día ocurriría, pero ella...
   Llegamos junto al automóvil, ella se quedó un poco más allá, a una corta  distancia. Mi esposo bajó, con gesto neutral, conteniendo quizás toda la furia, abrió la puerta trasera y dijo secamente:
   -Vamos, sube y vámonos.
   Daniel se interpuso, apretando mi mano.
   -¡No! Ya se acabó, ¿entiende?
   Nos abrazamos. Todavía siento la intensidad de ese abrazo. El gesto mediante el cual un amor demuestra su fortaleza frente al mundo.
   Mi esposo sin responder volvió a entrar al auto y golpeó la puerta, que se cerró con el sonido de un hachazo. Entonces tuve miedo. Escuché que la mujer gritaba algo, improperios de la peor especie contra mí, y solté a Daniel y lo empujé lejos, porque presentí todo y tuve miedo. La mujer traía algo en la mano, un objeto que brillaba, Daniel gritó “¡Mamá, estás loca, deja eso...!”. Luego sentí unas puntadas en el cuerpo, en el pecho y en el vientre, y la calentura de la sangre derramándose.
   Alcancé a ver a mi esposo saltar del auto, despavorido, arrojarse sobre ella para reducirla y quitarle el arma. Daniel me tomó de la cintura evitando que me golpease sobre el empedrado al caer y así, con el rostro vuelto sobre su cuello, sentí su llanto.Sabía que vendría, allá lo veo. Como siempre, en esta fecha especial, vestido como a mi me agrada, con su andar ligero y esa manera de llevar los hombros, cargando una desazón. Su madre evitó la cárcel pero marchó a un hospital psiquiátrico, diagnosticada mentalmente insana. Mi esposo sufrió un cambio radical por lo sucedido, trasladó la oficina a casa para estar más cerca de las niñas y encargarse de ellas. Se transformó en un padre atento y cariñoso.
   Daniel también ha formado su familia, después de algunos años difíciles. Me alegra porque hoy ha venido. Como siempre, se pone en cuclillas, apoya sobre mí el hermoso ramo de flores que ha traído, derrama sus lágrimas, tortura algunos pétalos entre las manos y reza una oración por mi descanso.
 

FIN