SITIO de MARIA ELENA SOFIA

Aidan Bell y El Libro del Destino

El destino se puede cambiar...
Pero ¿es posible recuperar un sueño perdido? Un joven y un ángel en la búsqueda de un libro extraordinario que puede cambiar la historia del mundo.
Ellos lo hicieron, ¿te atreverías a leerlo?
 
Aidan Bell y El Libro del Destino.
Una novela de María Elena Sofía.

VER BOOK-TRAILER: 
www.youtube.com/watch?v=BMSyrB8yUVI


 

Capítulo I 
Aidan
 
  
 
Después del accidente el joven Lucas Egmont permaneció en coma profundo durante cuarenta días. En ese período su esposa y su pequeña hija atravesaron innumerables dificultades, su casa fue destruida por un incendio y un camión de carga mató a su perro Zeta. ¿Pesadilla? No, la vida real, tan real como esa gota que caía a intervalos regularísimos desde el globo de suero, sin esperanza de discontinuidad. ¿Estás bromeando, esto es real? Había alguien allí, otra voz, junto a él, o casi podría decir que estaba dentro de su cabeza. ¡Bromeando! No puedo mover ni el dedo de un pie, no siento una pulgada de mi cuerpo. Cierto, hasta los párpados han perdido sus reflejos. Pudiste evitarlo. ¿Cómo? Lo soñaste con antelación ¿recuerdas? Fue un sueño premonitorio, era el destino, nadie puede escapar... ¿Crees en el destino? Casi todos creemos, mi religión lo permite. ¿Qué es una religión? Pues...Un sistema de creencias. ¡No vengas con eso! ¿Crees en los sistemas? ¡No, Dios, sí!
     De pronto el goteo cesó y una chicharra lejana comenzó a sonar, alzando paulatinamente su volumen, como la urgente sirena de una ambulancia que va a sobrepasarnos. Lucas procuró un largo suspiro y sus párpados cayeron como dos paños de vinagre sobre sus ojos. Una lágrima enseguida alcanzó el lóbulo de una oreja y la otra, apeándose de la nariz, le saló la boca. Entonces la voz salió de su mente y sonó a una cierta distancia, con un tono infantil, dulcísimo.
     -¿Te encuentras mejor?
     Lucas abrió los ojos sin dificultad. Ya no ardían. Dos nubes ligeras desfilaban su blancura ante él sobre un azul profundo que lo conmovió, y una suave calidez recorrió su cuerpo. Recobró todos los sentidos, descubrió el murmullo de aguas corrientes de un arroyo. A un lado los extremos de algunos árboles de floresta oscura apenas se movían. Mas allá, cercando el horizonte, las cumbres heladas de las montañas parecían observar. Permaneció largo rato boca arriba y con los brazos en cruz, sin preocuparse por contestar la pregunta. Para ser sincero y exacto debía chequear su estado. Quizás había muerto y eran esos los primeros instantes de su nueva vida. Pero no, sentía la dura resistencia de la roca en la espalda y podía escuchar su propia respiración armoniosa, como en el despertar de un sueño pleno. Estaba vivo, despierto y curado. Alzó una mano y después la otra hacia el cielo y a contraluz las observó minuciosamente: tenía una pequeña herida en una de ellas, cerca de la muñeca. Un grueso hilo de sangre coagulada era su evidencia. Las dejó caer sobre su estómago mientras en su memoria se precipitaban las imágenes en torbellino incontenible: un hombre con el rostro descompuesto por la furia le gritaba órdenes e improperios. Estaban en un avión que volaba a gran altura. El arma se movía amenazadora frente a sus ojos. Recordó un forcejeo, las facciones desencajadas por el esfuerzo. El otro pretendía quitarle su mochila, donde guardaba algo muy valioso. Cuando sonó el disparo el hombre –a quien no conocía- se aferró al tesoro y destrabó la puerta. Jadeantes, los dos temblaban de pies a cabeza, en la mano de Lucas empezaba un dolor que le impedía pensar con claridad. El otro, con una mano agarró la mochila y con el mismo puño que llevaba el arma lo empujó al vacío. Enseguida la sensación de la caída libre, el viento, el ahogo y el grito. Ya nada importaba, era su último viaje, la escena final de su vida. Sin embargo, instintivamente, palpó y tironeó los ganchos que colgaban de su pecho antes de perder el sentido. Su cuerpo por un instante se crispó, giró la cabeza y el niño, que permanecía sentado en una roca lo miró afectuosamente.
     -¿Mejor?
     -N-no lo sé –contestó Lucas, y de inmediato se sintió aliviado. Se incorporó lentamente y respiró el aire fresco en profundas bocanadas. Considerando lo que le había ocurrido disfrutó cada movimiento hasta enderezarse, como si en cierta forma le hubiese sido concedido en acto inaugural erguirse y andar por sus propios medios.
     El sol se incendiaba a espaldas de la cordillera. Lucas pudo verse, perfectamente recortada su flaca silueta en una enorme roca plana. ¿Dónde se hallaba? ¿En una expedición, en un sueño, en la vida de otro? Observó de soslayo al niño: el niño estaba desnudo, su cuerpo no proyectaba sombra alguna. Lucas sonrió con disgusto: pronto vendría la noche oscura, fría y llena de misterios y peligros. Las correas del paracaídas tironearon de él recordándole que aún estaba sujeto. Se consoló pensando que ello probaba un pasado evidente y real transcurrido en la civilización. Sus pertenencias, los elementos que acompañaban el camino de Lucas Egmont, estaban allí y le inspiraban seguridad. Ajustó el cuchillo en su cintura y guardó la libreta de notas en el abrigo con piel de cordero. ¿Qué había en la mochila cuya custodia acababa de perder? ¿Por qué aquel hombre estuvo dispuesto a matar para obtenerla? ¿Dónde había abordado ese avión? Se acomodó junto al niño como si fuesen a ver una película maravillosa: el espectáculo del atardecer. El valle era una suave colina rocosa embargada de verdes arbustos; bajando fluían las aguas con apagado rumor. Más allá de las lengas, hacia la naciente del arroyo, empezaba el majestuoso bosque custodiando pies y faldas de las cumbres: allí ya se había instalado la dama de negro, cuyo temido reino se extendería hasta el amanecer. “Estúpido, inconsciente –se dijo Lucas a sí mismo-, ni siquiera cuento con un plan.”
     -¿Por qué llegar a tal extremo irracional, incomprensible? –inquirió el niño.
     Lucas quedó paralizado. La inquietud y el miedo le subieron hasta el estómago como un aceite caliente.
     -¿Quién eres? ¿Dónde estoy? –preguntó Lucas, sin dejar de mirar hacia delante las hojas enrojecidas de aquellos árboles que había visto en las paredes de las agencias turísticas.
     -Mi nombre es Aidan Bell y en cuanto a este lugar conozco tanto como tú.
     -¿Qué edad tienes?
     -Siete, menos pregunta a Dios...
     Lucas se volvió con una agitación emocionada. El niño estalló en una risa infantil, tan inofensiva que lo hizo sentirse ridículo.
     -Es una frase.
     -Hablas como un adulto –reconoció Lucas, justificándose.
     -Eso dicen –asintió Aidan, sin orgullo. Bajó la vista hacia sus piececitos de porcelana y un mechón de pelo rubio le cubrió el perfil angelical.
     -¿Por qué estoy aquí? –pensó Lucas.
     -El paracaídas se abrió, es automático.
     -¿Cómo sabes eso?
     -Conozco todos los inventos que el hombre ha construido para volar.
     -Entonces conoces de sueños –averiguó Lucas, que no preguntaba exactamente y sólo eso.
     -Imagino que es la razón por la que estoy aquí –dijo el niño, sosteniéndole la mirada. Sus ojos eran muy claros, casi transparentes. Lucas suspiró y se levantó. Desconocía el lugar y su destino. ¿Desconocía su destino o estaba tratando precisamente de evitarlo? ¿Por qué no investigaba de inmediato el motivo, el medio o el acto de magia increíble que lo había transportado como en un corto sueño desde la cama 16 de aquel hospital donde yacía completamente inmóvil hasta ese remoto valle junto a las montañas, con el cuerpo pleno de salud y exaltado aún por la reciente aventura? Más de tres mil metros de caída libre y apenas algunos rasguños le dolían. ¿Por qué?
     Envolvió como pudo las pruebas de su presencia. Le llevó gran esfuerzo plegar la tela del paracaídas, pero deseaba ocultar su paso, los colores vivos podrían verse desde el aire. No fuese que aquel malvado regresase a terminar su trabajo...
     -¿A qué se debió aquella pregunta?
     -¿Si estabas mejor? Cortesía.
     -La siguiente. Soy joven pero no irracional, ni irresponsable.
     -Pero reconoce que has llegado a un extremo...          
     -No por mi culpa.
     -Oh, pero leíste el Libro. Eres el único en muchos siglos que lo ha hecho.
     -¿Te refieres al libro de mi sueño?
     -Sí, el Libro del Destino. El último hombre lo tuvo en sus manos en 1513. Era un general muy atrevido.
     -¿Qué le ocurrió?
     -No querrás saberlo.
     Hubo un silencio denso, lleno de presagios.
     -¿Me ayudarás? –preguntó Lucas, dando vueltas.
     -No lo sé. Representas una prueba para mí.
     -¿Eres un ángel?
     Aidan Bell rió de buena gana.
     -Oh, ustedes llaman ángel a cuanto niño desnudo ven. Las cosas no son tan sencillas, hay varias categorías...
     Lucas echó un vistazo alrededor: todo se oscurecía gradualmente. Con otro ánimo y en diferentes circunstancias hubiese disfrutado el paisaje.
     -¿Por qué soñé que leía el Libro del Destino, por qué quise saber sobre los días que vendrían? –se lamentó-. ¿Por qué no soñé con algo hermoso?
     -Alguien lo puso allí.
     -¿Qué? ¿Dices que alguien plantó ese sueño en mi...sueño?
     -Sí –murmuró Aidan.
     -Es ridículo. Eso no es posible. ¿Quién puede hacerlo?
     -Oniro.
     -¿Y quién...?
     -Oniro es el Cancerbero del Señor de los Sueños. Pero muchas veces le ha desobedecido interviniendo en los buenos sueños de la gente. Eso ocurre cuando el Señor encuentra a un joven gran soñador como tú y le permite total libertad. Entonces Oniro, loco de celos, interviene para arruinarlo todo y humillarlo ante el Señor.
     -¿Yo, un gran soñador?
     -Ahá.
     -¡Llévame ante ese Señor! –pidió Lucas, considerándose a un paso de arreglar sus problemas.
     -No, aún no estás listo. Además no poseo ningún poder, sólo por mi sabiduría he sido enviado para guiarte.
     -La sabiduría es poder –insistió Lucas.
     -Tú lo has dicho. Pero sólo la sabiduría producto de tu experiencia es el valor que te servirá.
     Callaron. Lucas recordó que había leído sobre su accidente como en una crónica periodística, hasta el mínimo detalle, en un gran libro de tapas azules: el Libro del Destino. Pero de este encuentro con el niño que parecía un ángel nada sabía. ¿Acaso se trataba de una nueva oportunidad, el segundo paracaídas que se abría para salvarlo?
     -¿Guiarme, eh?
     -Ahá. Has cometido un error, ese libro es tan frágil... Una rápida lectura, la avidez de una mirada bastan para incendiarlo y no se deben quemar los días que aún no pasaron.
     -¿Cómo lo subsanaré?
     -Ya veremos. El primer paso es encontrar al doctor Geffroy.
     -¡Pero estamos a miles de kilómetros de la ciudad!
     -Geffroy está aquí –dijo Aidan, señalando con un dedo el enmarañado monte.
     -¿Estás seguro? Yo mismo visité su laboratorio de la Quinta Esquina, en la calle Europa.
     -Aquel era un impostor, tal vez un secuaz de Oniro. Intentaban confundirte.
     En ese instante no era el día ni la noche, pero una luz especial los iluminaba.
     -Dime, ¿cuál fue el sueño más lindo que tuviste? –preguntó el niño.
     Lucas intentó buscar en su memoria: allí estaba todo revuelto.
     -Pues... -empezó, dando grandes zancadas alrededor.
     -¿Quieres... detenerte, por favor? –pidió Aidan, en tono de protesta.
     Lucas dio dos pasos más y se quedó quieto.
     -Está bien. Déjame pensar. Tuve un sueño hace muchísimo tiempo, creo que aún era un bebé, en el que sólo había naranjas. Cielo y naranjas, hasta el infinito... Yo era feliz allí, no sé por qué...
     El niño le dedicó una mirada límpida, seria y tierna.
     -¿Te gustan las naranjas?
     -Sí, grandes y jugosas –respondió Lucas.
     -¿Acá hay?
     Lucas se echó a reír: en verdad ese niño tan sabio, Aidan Bell, no sabía nada acerca de ese lugar y de muchas cosas.
     -No, tendríamos que caminar bastante para encontrar un naranjo.
     -Una naranja –corrigió Aidan.
     Lucas Egmont se divertía. ¿Cómo era posible que supiera tratar cuestiones tan importantes e ignorar eso?
     -Naranjo: una planta que da naranjas –explicó.
     -Ah –murmuró Aidan con el ceño fruncido. Señaló un punto a espaldas de Lucas: -Mira hacia allí.
     Lucas se volvió: allí se veía el resto del paisaje, no había nada extraño, sólo esa turbadora inmensidad.
     -Qué, ¿qué hay?
     -Sigue mirando, por favor.
     -No veo nada.
     -Es que debo hacer pis.
     Maldición. Lucas lanzó una carcajada que liberó completamente su pecho de temores y dudas. Aidan era sólo un niño perdido al que debería abrigar y cargar durante la marcha. Giró, cubriéndose los ojos. Apenas lograba contener la risa.
     -¿Por qué estás desnudo?
     -Ciertamente no lo sé. No es demasiado púdico.
     -No digo eso, pero sentirás frío.
     -¡Y claro!
     -¡Oh! –exclamó Lucas. Enseguida desplegó su abrigo y se lo ofreció. Empezaba a gustarle ese niño.
     -Gracias. Escucha: careces de la habilidad de observación. Eso puede confundirse con egoísmo, falta de interés...
     -Bueno, basta –cortó Lucas, riendo-. Partiremos ya, no debe tomarnos la noche aquí.
     Aidan lo miró con dulzura.
     -No te preocupes, yo estaré a tu lado.
  Lucas no contestó. Adelantándose, el niño le hizo una seña para que lo siguiera.


FIN CAP. 1 de 11